Viernes, salgo con este Chico simpático que conocí en mi trabajo anterior, a tomar algo. (Simpático siendo la palabra funcional. Como cuando un hombre pregunta “¿está buena?” y el otro responde que es simpática porque en realidad sabe que es bastante fea).
Me digo a mi misma que estoy saliendo con el Chico porque quizás me termina enamorando su personalidad, pero en el fondo sé que es por culpa de Metralleta. Escuchar noche por medio sus gritos de placer exacerban mi necesidad de cariño. Claramente a estas alturas de mi vida, es mejor estar mal acompañada, que sola. Por lo que salgo del depto con una sonrisa amena.
Un par de conversaciones forzadas y unos cuantos tragos después, y por fin me admito a mi misma que esto (definitivamente) no va a funcionar. Que es feo. No hay vodka suficiente que lo niegue.
Tras tal revelación, llego a casa totalmente deprimida, y obviamente me emborracho porque estoy sola… y Metralleta está silencioso, pero lo escucho hablar, y sé que tiene compañía.
Y cuando el vodka ya me sale hasta por las orejas, me encuentro gritándole como una loca desaforada a la pared de mi cuarto: “¡AMIGA PARAAÁ! ¡Para, amiga! ¡Vos podes conseguir algo mucho mejor! ¡Dejala ir, Metralleta! ¡Dejala iiiiir!"
¿Quien en su sano juicio abandona un garche así de fuerte?
No hay comentarios:
Publicar un comentario